Dicen que un único sabor puede desencadenar recuerdos que creíamos olvidados: una imagen, una emoción, una persona.

A este fenómeno se le conoce como el Efecto Proust.

En nuestra memoria, ese sabor es el de un buen jamón. El de los días de infancia, el de la cocina de siempre, el que alguien envolvió con cuidado para nosotros.

Porque un bocado así no es solo comida; es un portal. Te devuelve a una mesa, a una cocina... a casa.

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